Una suave melodía interpretada únicamente por cuerdas comenzó a sonar y ella cerró los ojos a la vez que el vello se le erizaba. Las lágrimas forzaban sus párpados y se imaginó sola, en un lugar que ni siquiera ella conocía y donde comenzó a llover.
Notaba las gotas rozar su piel como muchas veces quiso hacerlo la muerte y muchas otras lo consiguieron la soledad y el dolor. El frío penetraba sus huesos y los agrietaban lentamente, solo la calidez de aquellos arcos rozando las cuerdas conseguían mantenerla en pie. No escuchaba más que aquella melodía que corría eternamente hacia el clímax, hacia lo más agudo, sin necesidad de graves, sin necesidad de ayuda. Pero el camino se hacía interminable. Temía que el no escuchar nada más que aquel roce la hiciera perderse, morir, resucitar, reír, llorar, recordar, fracturarse en mil pedazos que se repartirían entre cada una de las notas de aquella obra de su vida. Los agudos ya culminaban en sus oídos.
Y de repente, silencio. Silencio tras la tormenta. Silencio tras la vida. Silencio como elemento más de la partitura, del arte que corría por sus venas, sangre, pasión. Silencio que agarrotaba. Que no terminase jamás aquello, deseaba. Pero todo llega a su fin, creía. No quería abrir los ojos y abandonar aquel paradisíaco y exótico lugar. Viviría allí eternamente o moriría para no tener nunca que admitir que se fue para siempre. Y tras esa decisión fue como volvió, aunque de forma contradictoria, a abrir los párpados, empapados, doloridos de la presión y la fuerza con que los había sostenido. Así fue como abrió los ojos a un mundo de oscuridad eterna, pero sin dolor, sin alma, sin preocupaciones, con pasión. Era una muerta en vida y todo esto no eran más que letras en una hoja rota que pincelaba mientras escuchaba música, mientras saboreaba cada intervención, cada disonancia y, por supuesto, cada silencio. Cada abismo. Cada encuentro contigo nunca sucedido.