jueves, 9 de mayo de 2013

Adheridos por nuestro interior.

 Al girar la esquina divisas su rostro y se abren las crisálidas de tu estómago. Le sientes cerca. Se aproxima a ti para saludarte y te pregunta que donde quieres ir. No importa el lugar mientras él sea tu compañía. Sentados y tras minutos de habla, te das cuenta de que su mirada no es la que habías visto cuando aun no lo conocías, es diferente, profunda, con amor. Las pequeñas mariposas de tu interior aumentan de tamaño y te ayudan a saber qué es lo que sientes.
 Se calla y te atraviesa con los ojos mientras poco a poco coloca una sonrisa en su cara dedicada única y exclusivamente para ti. Se acerca. Vuestras piernas rozan y él apoya sus manos en tus rodillas, más tarde dirige una hacia tu cara. Te acaricia la mejilla observando como te ruborizas y sonríes atontada; de la mejilla, pasa a tu pelo, que coloca tras tu oreja delicadamente. No quieres que esto acabe nunca, pero cuando menos lo esperas su rostro con la mirada tan intensa se aproxima, percibes el olor de su perfume, tu pulso alterado, las mariposas chocando con las paredes del estómago y antes de darte cuenta, notas su frente con la tuya, su respiración profunda y a veces entrecortada por los nervios. Tu nariz y la suya roza y su mirada desvanece al cerrar sus párpados. Conoces lo que está apunto de ocurrir. Cierras los ojos y se produce un roce entre vuestros labios, los habitantes de tu estómago te presionan. Se adhieren vuestras bocas y tu mente graba segundo a segundo lo que pasa. Os habéis unido y por un momento sois la misma persona. Paulatinamente sientes cómo se despegan los labios y volvéis al mundo real. 

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